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Hace un tiempo existía entre los psicoanalistas un rechazo ante la idea de internar un paciente, porque se temía tropezar con los inconvenientes de un cambio de medio, artificial y brusco. Ahora se va modificando paulatinamente este punto de vista, y en esta comunicación deseo demostrar que la internación no sólo no impide o dificultad la cura analítica, sino que en cierto sentido, específico para cada paciente, la ayuda.
En el caso que expondré, el motivo principal de la internación fué el gran monto de angustia originada por los fuertes impulsos destructivos del paciente, que lo llevaron, por culpa, a serios intentos de dañarse a sí mismo. Esta situación despertó angustia en mí, e impidiéndome tener la tranquilidad necesaria para llegar a una buena comprensión del material.
Bernardo es un muchacho de treinta años, casado, el tercero de cinco hermanos; los padres no se llevaban bien, y él recuerda sus frecuentes peleas. Se sintió siempre rechazado por díscolo, sobre todo por el padre y el hermano mayor, sufriendo mucho por esta situación; él quería amar, pero tropezaba con la incomprensión de los suyos. Los recuerdos más traumáticos que me relató, son: enterarse a los nueve años de que la madre traicionaba al padre y ver la desesperación de éste. Su problema es ser siempre traicionado, sometido, nunca querido.
Ya adulto, por formación reactiva, desarrolla una gran independencia; llega a tener una posición económica desahogada, y trata de aplastar a la familia con el dinero ganado, pero vive su triunfo comercial como una venganza. Esto le trae culpa acarreándole posteriormente el fracaso.
Es muy irritable, agresivo, busca constantemente cariño.