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El contenido específico del juego de los niños es idéntico al de sus fantasías de masturbación. En los juegos hay los mismos modos de representación que en los sueños y, como en éstos, interviene la satisfacción de deseos.
La autora analiza los juegos en tres niños con diferentes neurosis y señala cómo en ellos se personificaban las diferentes partes de sus personalidades y las personas del ambiente. Las imagos personificadas en los juegos tienen características fantásticamente buenas y malas y representan estadios intermedios entre el superyo primitivo, terriblemente amenazador y divorciado de la realidad, e identificaciones ulteriores, que se aproximan más a la realidad. La evolución ulterior del superyo a la genitalidad depende, en último término, de que la fijación oral prevalente ha tomado la forma de chupar o de morder. Porque para la primacía de la genitalidad se requiere una fijación suficientemente fuerte en el estadio del chupar.
En el desarrollo del superyo hay diferentes identificaciones con padres de diferentes características, respondiendo a las distintas fases de la evolución de la libido. Con ellas el yo intenta formar un todo, empleando para ello su función sintética. En los juegos el niño se permite una división del superyo en sus primeras identificaciones, lo que es un mecanismo análogo y cercano al de la proyección.
En el niño la actitud frente a la realidad está dada por su capacidad de personificación y de satisfacción de deseo. Si se permite una descarga de sus fantasías de masturbación y además cuenta con el apoyo de imagos favorables, originadas en un nivel genital, entonces se conduce normalmente ante el mundo exterior.