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Los sentimientos de culpa hacia el objeto perdido, así como la ambivalencia, pueden perturbar el curso normal de un duelo. En tales casos suelen ocurrir reacciones tan intensas, que, en condiciones extremas, pueden inducir al suicidio. Pero también es dable observar lo contrario; es decir, la ausencia completa de manifestaciones de pesar durante el duelo. Eso ocurre especialmente en el niño cuya indiferencia ante la muerte de un ser querido es explicada por la autora como debida a una insuficiencia del desarrollo del yo que no se encuentra capacitado para soportar ni elaborar el trabajo de duelo, por lo que utiliza mecanismos de protección narcisísticos para eludir el proceso. También en el adulto se presentan reacciones similares cuando la pena que amenaza la integridad del yo es demasiado intensa, o cuando el yo, por distintos motivos, carece de la fortaleza suficiente para padecerla. En estas condiciones pueden plantearse dos derivaciones: 1ọ) una regresión de tipo infantil que se expresa por la angustia; 2ọ) la movilización de mecanismos defensivos para proteger al yo de la ansiedad. La expresión más extrema de dichos mecanismos sería la omisión total del afecto.
León Grinberg