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El material de la presente aportación fué obtenido en el curso del análisis de B., un adolescente de 18 años que solicitó tratamiento a instancias de sus padres, por padecer una epilepsia (petit mal), en la cual las ausencias se caracterizaban por una pérdida total, pero muy fugaz, de la conciencia; tan fugaz, que no llegaba a caerse al suelo si estaba de pie. La única sensación posterior a las ausencias era de vacío: “como si hubiera quedado un agujero en el tiempo”. Durante ellas, subía y bajaba los brazos pausada y rítmicamente, como si fueran alas.
Quejábase, además, de episodios depresivos, consistentes en ataques de pesimismo y fantasías de suicidio que no llegaba a realizar porque no soportaba “la idea de morir sin dejar huella de algo constructivo en este mundo”.
B., que tiene dos hermanos, un varón y una mujer, cinco y once años menores respectivamente, vivía refugiado en un mundo de fantasías.