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Los descubrimientos de Freud sobre las fantasías inconscientes, la simbolización y la sublimación nos permiten comprender ciertos aspectos de la creación artística. En una referencia a los destinos del instinto hecha en la Metapsicología [1], Freud señala la posibilidad de que el instinto, a pesar de desviarse de su finalidad directa, pueda no sucumbir a la represión y transformarse o sublimarse en actividad creadora. El YO, al no valerse de la represión ni de la satisfacción directa de sus instintos, no sólo no se empobrece con la actividad sublimatoria si es efectiva, sino que se enriquece e integra aún más. Paula Heimann [2] sostiene que el elemento gratificación en dicha experiencia, la vivencia de expansión y un mayor desarrollo del YO constituyen un índice importante para juzgar si una actividad sublimatoria tiene éxito o no. Agrega, más adelante, que frente a una ausencia de gratificación debemos pensar en un trastorno serio de dicho proceso. Por otra parte, no debemos olvidar que el campo de experiencia del YO es la realidad, y que la relación que podamos mantener con ella se expresa a través de conexiones con objetos (personas y cosas), que son sentidos tanto exterior como interiormente. Por lo tanto, al hablar de integración del Yo debemos considerar también la integración de los objetos incorporados y asimilados a él.
Mi propósito es señalar aquí cómo la actividad sublimatoria se perturba cuando al incrementarse las pulsiones destructivas se inhibe Ja capacidad de restaurar o reparar los objetos. Los estudios de Melanie Klein [3] nos aclaran cómo los mecanismos de reparación surgen a raíz de la culpa de destruir en fantasía “aquello que al