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Isabel de Inglaterra siempre ha sido una figura enigmática para sus contemporáneos y para sus historiadores. Era incomprensible para todos cómo una mujer podía desempeñar su papel. Es cierto que Inglaterra admitía la posibilidad de una reina gobernadora. Pero iba implícita la idea de que quien reinara de hecho sería su esposo, que una mujer no sabía gobernar. Además, ¿por qué Isabel se había quedado soltera? ¿Por su carácter frivolo y dominante, por una anomalía física —tal vez que ella ni siquiera era mujer— o por sus vicios secretos? Estas eran las preguntas que se hacían sus adversarios, mientras que sus amigos simplemente no entendían lo que pasaba.
Hace poco la excelente biografía de J. E. Neale** cayó en mis manos, dándome la oportunidad de comprender a mi manera el enigma de Isabel. Comprendí la causa de su soltería, comparándola con mujeres de ahora, mujeres vistas en análisis o en el hospital, pero siempre con mujeres que por su historia y su constelación infantil habían tenido dificultades serias o impedimentos totales para el logro de la maternidad.
Lo que cada una de estas mujeres en su historia infantil tenía en común con Isabel era que a su madre o sustituto materno le había ocurrido algo trágico o algo que la niña había interpretado