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Por cierto que el paciente tenía lo que Bergler describe como un “rendezvous con la oralidad”. Sus síntomas, su depresión y su apatía tenían todos un sello de oralidad, que se hizo evidente en la estructura de su carácter, con su hostilidad oculta, y se reflejó en sus ocupaciones y su comportamiento sexual.
Se manifestó asimismo en sus relaciones interpersonales. Las gentes sólo tenían importancia como proveedores de material narcisista. Toda su orientación hacia la vida era la de una esperanza constante de gratificación por parte de una madre buena, en tanto que temía ser defraudado. A consecuencia de ello era áspero, vengativo, envidioso y ambivalente. Percibía como imposición cualquier pedido que se le hiciera.
Temeroso de su dependencia pasiva, así como de su hostilidad, hallaba gratificación y expansión mordiéndose las uñas, hasta que adquirió una integración suficiente del yo en el transcurso de su análisis para enfrentar y dominar esos temores.
La oralidad era su refugio ante cualquier amenaza interna o externa, refugio al cual volvía siempre que no podía dominar niveles subsiguientes de desenvolvimiento psicosexual. Ésta teñía su desarrollo anal y edípico. Dejó su sello en su ansiedad de castración.
Los derivados orales eran evidentes en la transferencia y se reflejaban en sus resistencias, como por ejemplo en su tentativa de convertir el análisis en una relación de alimentación. Se veía en sus conflictos, impulsos y ansiedades; y hasta las mismas defensas empleadas contra estos afectos eran de derivación oral, como se percibía en su docilidad sumisa, su actuación y su desafío adhesivo.
De modo que el complejo nuclear de su neurosis se centraba en sus