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Se pueden investigar el sentido de ciertos estados mentales descritos en términos de vacío, o por la frase “No tengo nada en mi mente” pidiendo al sujeto que describa su experiencia. A menudo esto suele traer recuerdos o asociaciones que indican que estos estados de “vacío mental” contienen recuerdos visuales que han perdido su contorno y precisión. El recuerdo se ha convertido en una parte homogénea del campo perceptivo. La aplicación de la memoria puede hacer que el recuerdo emerja de este campo. Muchos de éstos se refieren al pecho materno, mientras que otros constituyen pantallas que han impedido que el niño llevara a cabo alguna acción o satisficiera su curiosidad. Estos recuerdos que han perdido su contorno, continúan existiendo en el preconsciente, pero sólo son reconocibles cuando se agotan las asociaciones y el sujeto habla de vacío mental. Parecen, pues, existir como un campo sobre el cual se colocan las figuras de lo consciente. Sirven de pantallas o barreras entre lo que es consciente y lo inconsciente, y esta función las coloca al servicio de las fuerzas que llevan a la represión. Las fuerzas represoras, de esta manera, tienen a su disposición recuerdos tempranos de paredes o barreras que han perdido su contorno debido a que la atención, “energía catéctica movible”, ha sido retirada de ellas. El pecho que servía para excluir la realidad frustradora, o la puerta que alejaba al niño curioso, permanecen siendo recuerdos inmanentes. Siguen funcionando internamente de la misma manera como antes lo hacían en forma externa, para poder separar el dolor y los sentimientos y pensamientos conflictuales de la conciencia.
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