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Dr. Sigm. Freud
Docente Universitario en
Clínica Neurológica
Viena, 21. 9. 97.
IX. Berggasse 19.
Querido Wilhelm:
Aquí me tienes de regreso, desde ayer por la mañana; remozado, contento, empobrecido y, por el momento, desocupado, escribiéndote apenas hemos terminado de hincarnos **. Permíteme que te confíe sin más delaciones el gran secreto que en el curso de los últimos meses se me ha revelado paulatinamente: ya no creo en mis neuróticos. Difícilmente puedas comprenderlo sin previa explicación, pues tú mismo has dado crédito a cuanto yo tuve oportunidad de contarte. Así, comenzaré históricamente, señalándote de dónde surgieron los motivos de mi actual incredulidad. El primer grupo lo forman los continuos desengaños en mis intentos de llevar mis análisis a una verdadera conclusión; las deserciones, precisamente entre aquellos pacientes que por un tiempo parecían ser los más favorables; la falta de los éxitos completos que tenía motivos para esperar; la imposibilidad de explicarme los resultados parciales atribuyéndolos a otras razones que las ya harto conocidas. En segundo lugar, la asombrosa circunstancia de que todos los casos obligaban a atribuir actos perversos al padre, … y la comprobación de la inesperada frecuencia de la histeria, en la que siempre se cumple dicha condición, siendo en realidad poco probable que los actos perversos cometidos contra niños posean semejante carácter general ***. (Más aún:la perversión tendría que ser infinitamente más frecuente