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Z. F., de 39 años, acudió a consulta con el deseo de encontrar remedio a su timidez, exceso de sensibilidad, dificultad de adaptación social, y principalmente a sus alteraciones de tipo sexual y sus masturbaciones, que se censuraba. Presentaba con frecuencia, asimismo, unos trastornos gastro-intestinales que, según manifestó, le impedían realizar cualquier clase de trabajo en forma continuada.
No se quejaba de su obesidad en las primeras sesiones. Acentuaba su interés en sus otros síntomas: timidez, trastornos de la sexualidad, impotencia ocasional y eyaculación precoz. Hablaba de su masturbación compulsiva y de unas marcadas actitudes obsesivas de que quería desprenderse, como por ejemplo, encerrarse en su habitación a realizar solitarios durante horas, sin poderlos interrumpir, a pesar de que durante ese tiempo tenía que realizar cosas más satisfactorias y útiles para él. Lo mismo le sucede con cierto tipo de fantasías diurnas, relacionadas con las matemáticas, en las que se plantea y trata de resolver problemas irresolutos hasta hoy.
Compulsivamente también, se veía obligado con frecuencia a “devorar” novelas, en especial de viajes, o a buscar, tras la ingestión de unos cuantos pasteles adquiridos en la pastelería más próxima, la satisfacción de las tensiones a que se ve sometido y que le producen dolores de cabeza y malhumor.
Tiene una única hermana, menor que él, y en tanto que ésta presenta rasgos marcadamente viriles, él, por el contrario, es un hombre pesado, obeso, pasivo, con acumulación de la grasa principalmente en tronco y cara, de aspecto redondeado y sonriente, infantil, que adquiere su máxima satisfacción cuando al tumbarse en el diván analítico adopta la postura de un lactante que espera ser cuidado.
A través de sus descripciones, la madre parece ser una psicótica. Z. F. convive con ambas mujeres. El padre, fallecido cuando él contaba 28 años, presentaba un carácter netamente dominante, autoritario y arbitrario en sus decisiones inapelables y con frecue