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Puede observarse con frecuencia que aún personas que albergan buenos sentimientos y comprensión para el psicoanálisis se fastidian cuando el analista o el estudiante del análisis toman por objeto de su consideración psicológica fenómenos que no son de orden patológico. El amable lector ya habrá observado, por ejemplo, a la salida del teatro o del cine —o aún dentro— al joven (o no tan joven) entusiasta del análisis abalanzarse ávidamente sobre su nueva presa, la obra recién vista, disecarla con su bisturí psicoanalítico, mientras uno u otro de los presentes se defiende frente al victimario protestando contra tal “deformación profesional” o apartándose horrorizado. Se quiere salvar al arte, sustrayéndolo a la fría razón que despoja la vivencia de lo bello de su perfume y su brillo. Pero será mejor no decidirse tan rápidamente ni en pro ni en contra. Dependerá también de cómo, cuándo y con qué espíritu se hace tal análisis. Pues podría ser que éste muestre conexiones y significados que queden ocultos al ojo común y que de esta manera aun proporcione una vivencia de unidad, es decir una vivencia esencialmente artística, la que sin ello no puede obtenerse. Pasa con esto lo mismo que con la vivencia artística en su relación particular con otros conocimientos pertinentes. El que sabe algo, por ejemplo, de la composición musical, el que ha aprendido a percibir el desarrollo de las melodías y armonías y las conexiones entre las partes y su relación eon la totalidad de la obra tiene una vivencia artística incomparablemente más intensa que el oyente profano (suponiendo que sus demás condiciones sean iguales). La razón y el conocimiento abren vías a la vivencia que sin ellos están cerradas, proporcionan al sentir el acceso a percepciones que sin el análisis organizante no llegarían a ser tales, es decir estructuras y unidades, sino que quedarían aisladas impresiones sensoriales.
Es posible que el lector se pregunte por qué he elegido precisamente esta película, pudiendo ser cua