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En la parte primera de esta revisión me detuve en las nociones básicas que fundamentaron la definición restringida del término “símbolo”.
Critiqué en esa ocasión la suposición de que el símbolo tenga una significación constante, arcaica y “muda”, por carecer de fundamentos y por presentar metodológicamente más dificultades de las que resuelve.
Desearía introducir esta Segunda Parte considerando la génesis del simbolismo; es decir, discutir nuestras ideas acerca de cómo se forma y cómo evoluciona un símbolo.
Por consenso unánime se considera que la identificación de lo familiar con lo desconocido es el pre-requisito para la creación del símbolo. Esta identificación permite la transferencia de interés del objeto primario al secundario. Jones [7] denomina generalización primaria al período temprano de la infancia en que se establecen las numerosas equiparaciones transferenciales de objetos y aunque, como lo ha hecho notar Marion Milner [12], vacila en su apreciación de si el símbolo desempeña un papel estimulante o inhibidor de la sublimación y del desarrollo del yo, al fin se define por la segunda tesis. Por ejemplo, en el pasaje de su trabajo sobre simbolismo donde habla de las vicisitudes de la sublimación y de las ideas científicas, Jones concluye: “La regresión también puede terminar en un simbolismo verdadero en el que las ideas resultantes de la sublimación pierden su significación intrínseca y decaen, convirtiéndose en meros símbolos” p. 147. (El subrayado es mío.)
Pero, antes de proseguir, quisiera aclarar en qué consiste esta primitiva relación objeto-símbolo, propia del período de generalización primaria. Se podría decir que el niño pequeño ve objetos iguales donde el adulto percibe entes análogos o distintos. Para el lactante hambriento, todo objeto que percibe es un pecho. El idioma nos queda corto para describir la diferencia existente entre considerar que el símbolo es el objeto, por un lado, o que, por el otro, el símb