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“… la historia de un caso de carácter neurótico se lee como una novela llena de acción.”
Alexander
Pablo me vino a ver, encaminado por el analista de guardia de la “Asociación”, después de un largo recorrido a través de seis analistas, aparte de los psiquíatras que consultó, pues su peregrinaje médico empezó en 1940. En realidad, dice, ya desde 1939 necesitaba tratamiento.
Con algunos de esos analistas hizo muy pocas sesiones, con uno de ellos tuvo seis apenas.
Un psiquíatra lo sometió al electroshock, Eso fué en 1941.
Luego de la última electroconvulsión, vagó confuso por la ciudad, con ideas de persecución. Caminó muchas horas. Al anochecer encontró un conocido, en una calle céntrica, y se arrodilló delante de él pidiéndole protección, pues sentíase amenazado por una mafia. El encuentro con esa mano amiga tuvo la virtud de restituirle la conexión con la realidad, es decir, el niño desvalido vuelve al contacto del pecho bueno y se le va la desesperación del desamparo, escapándose así “de las garras de las figuras endemoniadas”.
Trece años después, ya en la fase final de su análisis conmigo —que duró aproximadamente un año y que transcurrió accidentada de interrupciones—, estando una tarde en el cine en compañía de un amigo y de la querida de ese amigo, con los cuales al principio se encontró a gusto, de pronto le entró la idea de que esa mujer sería tal vez una psicoanalista que fuera allí de propósito para verlo, estudiarlo y ayudarlo. A partir de ese instante, siéntese inquieto, y arrastrado por la inseguridad, asume actitudes pueriles, con el intento de mostrarse natural.
Al principio supuse que estos dos episodios delirantes indicaban su posición frente a las figuras paterna y materna. Pero luego comprendí que se debían a vivencias más primitivas. En efecto, representan la división de la imago materna, pues necesita dividirla para conservarla idealizada. “La puta de tu madre”, le echó en cara cien veces su mujer en las discusiones. “¡La puta de mi madre!… ¡Mi madre es