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El objeto de esta nota es exponer determinadas consideraciones, destinadas a aclarar la estructura y dinámica inconscientes de uno de los síntomas más llamativos y enigmáticos de la psicosis melancólica, o sea el autorreproche o autoacusación.
Sabemos que uno de los síntomas casi patognomónicos de la psicosis melancólica es el autorreproche con que se atormenta el paciente. Este síntoma (que aparece también en otros cuadros nosográficos, pero que se manifiesta con caracteres particularmente marcados y, por así decirlo, caricaturescos, en la melancolía) se caracteriza, desde el punto de vista fenomenológico, por el hecho de que el melancólico exhibe, dentro del cuadro general de su sintomatología, ideas de culpabilidad. Sus autoacusaciones suelen ser múltiples, variadas, injustificadas, irreductibles, absurdas, a veces inverosímiles y con un carácter marcadamente exhibicionista, Enlazados a la misma constelación de síntomas de clara filiación masoquista, aparecen actitudes, rasgos de carácter y tipos de conducta en los cuales una gran disminución del autoaprecio se expresa por ideas de indignidad, autohumillaciones y autoagresiones.
Este cuadro, en el cual a través del exhibicionismo masoquista se transparenta una necesidad histriónica de exhibir su autoexpiación, hacen del melancólico un penitente que se golpea el pecho declamando un enfático “mea culpa”. Aunque no implora misericordia, la finalidad oculta, el contenido latente de este mecanismo, psicoanalíticamente dilucidado, es el de apaciguar al perseguidor y lograr el perdón, como veremos más adelante.
Sin embargo, esta descripción sería incompleta si no agregáramos otro síntoma o, para ser más exactos, un aspecto más de esta misma autoacusación, o sea su carácter de confesión.
El autorreproche, entonces, parece ser no solamente una técnica de