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Cuando tomamos contacto con una obra, sentimos cómo a través de ella, poco a poco, cobra vida la personalidad de quien la creó. A través y detrás del contenido en sí surgen uno y otro rasgo del espíritu y carácter de su autor hasta configurarse en una imagen. Así fué cómo todos nosotros, a medida que conocimos los escritos de Sigmund Freud fuimos conociendo también al hombre Freud.
El que eso suceda no sólo se debe al estrecho enlace que existe entre el hombre y su obra. Hay algo en nosotros que lusca al hombre, quiere conocerlo, quiere entrar en contacto con él. La obra es, con frecuencia, el medio a través del cual buscamos, en el fondo, nuevamente un padre. Repetimos por una parte, con el autor, lo que ya hemos vivido con el propio padre, y por otra parte esperamos de aquél lo que no hemos vivido y alcanzado con éste. Buscamos y gozamos su grandeza, tal como lo hicimos, en su tiempo, con el gran hombre que era nuestro padre, y buscamos y gozamos sus debilidades, sufriendo así menos por las propias. De nuevo diferenciamos críticamente lo bueno y lo malo en él y, más profundamente aun, volvemos a sentir la misma curiosidad por él. Así como nuestros hijos sentados en nuestras rodillas, inspeccionan nuestra boca, barba, ojos y nariz y así como ellos quieren saber de nuestra vida, así hay en nosotros la misma curiosidad primitiva —raíz biopsicológica de todo anhelo de saber— frente a los grandes hombres que se han convertido en nuestros nuevos padres, en los padres espirituales de los adultos.
Los que me han precedido hoy en el uso de la palabra les han hablado sobre la vida de Freud. Yo quisiera ir con ustedes un trecho del camino que trasluce a través de mis primeras palabras: acercarnos al conocimiento de la personalidad de Freud, tal cual se nos apareció al ir conociendo nosotros su obra. Por cierto que según nuestra propia estructura individual, la habremos visto y vivido de manera distinta, habremos percibido más lo uno u lo otro de su personalidad. Hay, sin embar