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Pedro es un paciente que concurre al análisis desde cuando tenía 36 años. Lleva una vida solitaria sin encontrar la forma de realizar sus aspiraciones profesionales y sociales. Su capacidad de trabajo está muy limitada por un estado fóbico e inhibiciones de conducta. Próximo a casarse quiere realizar un tratamiento por dificultades sexuales que llegan a la impotencia total, a pesar de que nunca atribuyó mucha importancia a sus fracasos genitales. Su extrema religiosidad atribuía tal estado a una voluntad divina que debía aceptar. Creía tener vocación sacerdotal pero nunca se resignó a aceptar este designio.
No frecuenta reuniones ni tiene amistades fuera de la oficina. Únicamente concurre por obligación a algunas reuniones sociales pero se aburre sobremanera y, según comprendimos luego, este aburrirse era expresión de su intensa angustia homosexual. Le fastidiaba la presencia de mujeres, sólo conversaba con los hombres y muy pronto le aburría también su compañía. Era habitual que en los días siguientes apareciesen molestias digestivas como náuseas, vómitos, dolores abdominales y crisis diarreicas. Fué intensamente medicado y luego intervenido por apendicitis crónica sin resultado. Varios años después llegó al análisis porque le había propuesto otro médico una nueva intervención quirúrgica, a causa de sus malas digestiones. Cuando volvía de su oficina comía con gran voracidad y decía que si no encontraba alimentos o algo para masticar “se enfurecía oomo un energúmeno, vociferaba y sólo calmaba su angustia mientras comía”. No soportaba la privación de la carne lo que ponía a dura prueba sus convicciones religiosas los días de ayuno. Reconocía estar muy gordo pero le resultaba imposible modificar su peso. Tampoco le agradaba este aspecto de su personalidad y su secreta esperanza era ser elegante como había sido el padre, quien falleció en la guerra cuando Pedro tenía 10 años. Esta pérdida prematura gravitó intensamente en su conducta, pero aun cuando el paciente recorda