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Siento un inmenso júbilo al dirigirme a ustedes en esta solemnidad de inauguración del 1er. Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis. Júbilo al encontrarme en esta ciclópea Buenos Aires, que desde el primer momento nos envolvió a todos en su cálida simpatía y su insuperable gentileza. Júbilo al volver a ver a colegas admirados y queridos, convivir con ellos por algún tiempo y conocer personalmente a otros. Júbilo al presenciar en este Congreso, el éxito de una nueva iniciativa de la Asociación Psicoanalítica Argentina, célula precursora del movimiento psicoanalítico en nuestro continente sudamericano, que lleva brillantemente a la práctica la idea y el plan surgidos en San Pablo en ocasión del Congreso Latinoamericano de Salud Mental, en 1954. Júbilo, por último, al encontrarme aquí representando, en mi calidad de Presidente, a la hija menor de nuestra gloriosa Asociación Psicoanalítica Internacional, la joven pero ya activa Sociedad Psicoanalítica de Río de Janeiro.
Dicho júbilo, sin embargo, no tiñe emocionalmente la evaluación del éxito que significará este 1er. Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis, dada la copiosa contribución científica que a él aportan los continuadores de Sigmund Freud en estas regiones del Nuevo Mundo. Por lo tanto, espero lleno de confianza —como lo esperamos todos nosotros— que de esta asamblea el psicoanálisis resultará fortalecido y que nuestra América abrigue en sus fronteras, por siempre, un movimiento psicoanalítico unido, sólido y fraterno, digno del genio singular del que fué su fundador. En este año del centenario de Freud, el psicoanálisis, habiendo ya pasado por todas sus pruebas, es una doctrina psicológica, un método de investigación, una técnica operatoria de la mente e incluso una filosofía de la vida, ya harto comprobada a la luz de patrones científicos; por lo tanto, más que nunca necesita un clima de paz y unidad para poder, sin tener que superar tensiones internas, ampliarse y profundizarse cada vez más. Asegurémosle