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Uno de los problemas psicoanalíticos más agudos y más descuidados ha sido el que se refiere a la comprensión de la percepción interna. Sabemos que la percepción externa se refiere a enfrentar el mundo exterior, mientras que la interna percibe el mundo interior del individuo.
Conocemos la existencia de dos instancias: 1ọ aquello que es percibido y 2ọ el aparato mediante el cual, dichas percepciones son captadas; ante esto surgen las siguientes preguntas: ¿Dónde está la representación del objeto percibido? ¿Dónde se encuentra el aparato perceptor? Siguiendo a Freud podemos decir, que el mundo exterior del Yo está en el Ello y continuando en esta línea de pensamiento, el aparato perceptor debe estar en el Yo; en cuanto a lo que es percibido, existen dos posibilidades: una de ellas, estar también en el Yo, y la otra, es estar en el Ello.
Cuando hablamos de percepciones internas nos referimos, de acuerdo a la delimitación de las instancias psíquicas, a la percepción del Ello por el Yo.
Desde Freud sabemos que las representaciones internas tienen algunas características determinadas, las cuales nos permiten calificar una estructura en lo percibido: las representaciones internas son representaciones plásticas. Es decir, que si los elementos percibidos son plásticos, el aparato perceptor debe ser un registrador de elementos plásticos; dicho en otros términos, debe ser un aparato perceptor óptico o visual, o subjetivamente vivenciado como tal.
Freud nos da una idea de la peculiaridad de este pensamiento visual cuando en El Yo y el Ello, se refiere así: “en él (pensamiento visual) sólo se hace consciente el material concreto de las ideas y en cambio no puede darse expresión alguna visual, a las relaciones que las caracterizan especialmente. No constituye pues, sino un acceso muy imperfecto a la conciencia, se halla más cerca de los procesos inconscientes que el pensamiento verbal, y es, sin duda, más antiguo que éste, tanto ontogénica como filogenéticamente”.
Fenichel, a su vez no