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Olga tenía tres años y cuatro meses cuando comenzó su análisis. Me fué enviada por el pedíatra que la atendía por presentar terrores nocturnos, ser muy asustadiza, excesivamente tímida y tener una hipersensibilidad a cualquier tipo de castigo. Los pavores, que se iniciaron cuando Olga tenía un año y medio, ocurrían varias veces por semana y tenían muy alarmados a los padres. El sueño había sido siempre intranquilo, llorando mucho por la noche, trastorno que el médico que la atendía atribuyó a una otitis.
Olga es hija única. Es una niña más bien bonita, muy tímida, con una mirada muy dulce que le da un encanto especial, encanto que también influyó sobre mí. El embarazo fué recibido con alegría por sus padres, sin embargo, la madre tuvo vómitos durante todo su transcurso. El parto fué normal. Cuando la madre vió a su hija por primera vez, le pareció que estaba cianótica y pensó que había nacido muerta. A las veinticuatro horas la puso al pecho, no teniendo Olga ninguna dificultad en la succión, pero cuando tenía un mes la madre se enfermó de rubeola e interrumpió la lactancia por falta de leche. Poco tiempo después le notaron una hernia umbilical que la obligó a usar braguero hasta el año y medio. Tuvo dificultad en habituarse a la mamadera, reaccionando al principio con llanto y rabia. Rehusó la alimentación sólida siendo alimentada únicamente con leche hasta después del año de edad. Estos trastornos desaparecieron cuando fué capaz de alimentarse por sí misma. Su primer diente hizo erupción a los cuatro meses de edad provocando diarrea y fiebre, repitiéndose el síntoma durante toda la dentición. Comenzó la enseñanza del control de esfínteres a los seis meses de edad por consejo de la abuela materna, sentándola cada hora en la vacinilla. Obtuvo el control diurno al año y medio y el nocturno a los dos años y medio.
A pesar de todas estas situaciones desfavorables, fué un bebé en general tranquilo, salvo las crisis de llanto que le provocaban ahogos y despertaban en la ma