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En esta breve contribución al estudio de la estructura inconsciente de la melancolía y de la manía, me atengo a la misma línea de investigación seguida por mí en anteriores aportaciones al tema de la melancolía. (Entre otras, la que presenté en julio de 1955 al Congreso Psicoanalítico Internacional, en Ginebra, y el trabajo, encarado desde el punto de vista técnico, que presenté en diciembre del mismo año, en el seno de la A.P.A., en Buenos Aires).
En primer término, planteo la necesidad de encarar manía y melancolía como cuadros nosográficos, resultantes de los mecanismos de defensa del Yo, frente a las primitivas ansiedades persecutorias, correspondientes a la posición esquizoparanoide.
El síntoma-eje alrededor del cual se estructura la melancolía es, a mi juicio, el auto-reproche. Su intencionalidad inconsciente es el control del perseguidor, a través del “mea culpa” y de la exhibición histriónica de una compungida actitud de penitente.
El auto-reproche es, en esencia, una técnica de control del perseguidor, a través de su apaciguamiento y en cuya configuración intervienen una exhibición de arrepentimiento y una simulación de confesión.
Con esto no pretendo —de ningún modo— negar la validez de otras interpretaciones del mismo síntoma, formuladas con anterioridad por Freud y Abraham, que señalan en el auto-reproche melancólico la resultante de un mecanismo ligado a la introyección en el Yo de un objeto con el cual se mantiene una relación muy ambivalente. Citando textualmente a Freud: “Los reproches con los que el enfermo se abruma, corresponden, en realidad, a otra persona, a un objeto erótico y han sido vueltos contra el propio Yo”. De ahí que los lamentos sean acusaciones dirigidas primitivamente contra un objeto exterior, que ha sido después internalizado en el Yo.
Un nuevo enfoque en la interpretación de la auto-acusación melancólica, encuentra su exponente en Sandor Radó, para quien lo fundamental en la dinámica del auto-reproche es la continuidad de los procesos