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En algunos trabajos anteriores1 me he ocupado con cierto detenimiento, de las perturbaciones provocadas en la técnica analítica por el excesivo juego de identificaciones proyectivas del analizado, que originan en el analista una reacción específica, para la cual propuse el término de “contraidentificación proyectiva”, y por la que se ve “elevado” inconsciente y pasivamente a desempeñar los distintos roles que se le ubicaron.
Señalé entonces, que me estaba refiriendo a un aspecto muy parcial y específico de la contratransferencia, y considero de especial importancia recalcar esto último, para establecer la diferencia con reacciones contra-transferenciales basadas en actitudes emocionales propias del analista o en sus remanentes neuróticos reactivados por los conflictos planteados por el paciente. Con la finalidad de precisar aún más dicha diferenciación presenté, en forma esquemática, los dos procesos coexistentes en la situación analítica: A y B.
En el proceso A, el analista es el sujeto activo de los mecanismos de introyección y proyección.
En el proceso B, en cambio, es el objeto pasivo de las proyecciones e introyecciones del analizado. Pero en este caso pueden ocurrir aún dos situaciones:
Que la resonancia emocional que surge en el analista se deba a sus propios conflictos o ansiedades agudizadas o reactivadas por el material del paciente.
Que la respuesta afectiva sea, en gran parte, independiente de sus propias emociones y responda predominante o exclusivamente a lo que el analizado proyectó o ubicó dentro de sí.
Habitualmente, cuando se habla de identificación proyectiva suele señalarse que consiste esencialmente en el mecanismo por el cual el sujeto proyecta aspectos, emociones o partes suyas dentro del objeto, quien adquirirá entonces las cualidades del sujeto y por las cuales reaccionará de una u otra manera frente a aquél.