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Decenas de colegas se habrán formulado, al principio de sus actividades psicoanalíticas, innúmeras preguntas sobre el significado de signos, actitudes, reacciones psicosomáticas, etc., en sus pacientes. Y como yo en igual época, habrán tropezado con enormes dificultades en su intento de hallar en trabajos sistematizados, respuestas a aquello que deberá constituir la semiología psicoanalítica.
No me ocuparé aquí de la sintomatología neurótica o psicótica, harto tratada en gran número de obras. Tampoco me extenderé en consideraciones sobre la transferencia, el indicador por excelencia, el punto de apoyo obligatorio, el fulcro, en suma, de toda labor psicoanalítica, tema de elección de muchos y notables trabajos. Igualmente respecto a la contratransferencia, asunto en el orden del día de la actualidad psicoanalítica, poco he de decir. Por último, apenas mencionaré los episodios (sociales, familiares e individuales), de gran valor pero que también trascienden el marco del presente trabajo.
Quiero atenerme a otros elementos, elementos menores, sin duda, captables a través de los sentidos del analista y que a veces pueden resultar decisivos para el diagnóstico o el pronóstico. Opino que —al revés de lo que hace el buen clínico— nosotros no explotamos la plenitud de nuestros sentidos en la actividad psicoanalítica. No aprovechamos debidamente el tacto, que puede orientarnos respecto a la agresividad del paciente, a su equilibrio emocional, etc., mediante el simple apretón de manos al comienzo y al final de la sesión; ni el olfato, capaz de suministrar indicaciones respecto a impulsos agresivos (por la emisión de flatos, por ejemplo), o a fantasías de seducción (por el uso de perfumes), etc.; tampoco la visión, que debería seguir la indumentaria del paciente, las alteraciones de su ritmo respiratorio, sus actitudes posturales y motoras, todas tan ricas de significado. Fundamentamos nuestra labor analítica en las verbalizaciones del paciente, pero aun aquí, en el uso de la aud