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Hay un aspecto particularmente importante de la interpretación, que es el que está ligado al proceso de verbalización.
La Dra. Álvarez de Toledo, en un extenso y exhaustivo trabajo sobre el “Análisis del asociar, del interpretar y de las palabras”, se ha ocupado de diferentes aspectos y significados inconscientes de la actividad verbal del analizado.
Yo quisiera, en esta breve aportación, contribuir a la dilucidación de uno de los significados inconscientes de la actividad verbal. Frente a las ansiedades paranoides y depresivas, surge la palabra como un medio de comunicación a distancia.
El psicoanálisis, al igual que cualquier otra de las actividades que el hombre emprende en su comercio con otros hombres, se desenvuelve bajo el signo del “Do ut des” del intercambio. El dar (que en último término implica un darse) con el fin de recibir algo necesitado, constituye el substractum significativo de toda relación interpersonal.
El psicoanálisis no escapa, por cierto, a esta postulación fundamental. En la intencionalidad de quien emprende un tratamiento psicoanalítico existe, por lo tanto, el logro de algo (conscientemente la salud, inconscientemente una condición muy valorada) que se consigue a cambio de lo que se le vaya entregando al psicoanalista.
El paciente se encuentra, en la situación psicoanalítica, en la impuesta necesidad de entregar —y depositar— su mundo interior a una persona que, por su condición de desconocida, despierta en el paciente la emergencia de una angustia persecutoria. El analista es consciente o inconscientemente identificado con un objeto perseguidor: que juzga, censura, castiga. El contacto con ese objeto es, por lo tanto, sumamente peligroso y el desideratum ideal, en esas condiciones, sería un tipo de comunicación que se pudiera mantener a través de cierta distancia, que salvara al paciente de las temidas garras del analista, por quien teme ser destruido. Pero, demás, esa distancia no debe ser insalvable. O sea que nos encontramos aquí frente a