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El propósito de esta comunicación es llamar la atención sobre un problema relativamente poco estudiado en la literatura psicoanalítica, y que sin embargo parece plantear dificultades de alguna importancia. Se admite generalmente que el analista, en su actuación terapéutica, debe someterse a lo que se podría llamar la “regla de abstención ideológica”. Cabe diferenciar el problema de la actuación “pedagógica” del de la actuación ideológica del analista en la interpretación, aunque los límites entre ambas cuestiones estén a veces algo confusos. Todos estamos de acuerdo acerca del principio según el cual debemos evitar toda interpretación de tipo pedagógico. Sería inútil por consabido destacar los inconvenientes de la actitud pedagógica en el análisis, aunque sepamos que ciertas tendencias en el campo mismo del psicoanálisis tengan mayor tolerancia que lo deseable hacia este tipo de conducta. Si evitamos, por ejemplo, la interpretación pedagógica del tipo siguiente: “esta conducta es masoquística”, y que el paciente entiende como un consejo directo de abandonarla, y si utilizamos interpretaciones más adecuadas del tipo: “Ud. busca perjudicarse a causa de tal situación transferencial repitiendo tal patrón de situación infantil”, hemos reemplazado una interpretación pedagógica por una aparentemente objetiva, pero el problema ideológico queda entero. Quiero decir: la valoración, en la interpretación misma, de la conducta incriminada como conducta masoquista, neurótica, a evitar. En muchos casos, esta valoración implícita no hace surgir muchos problemas, en otros sí. Tales situaciones hacen difícilmente practicable la regla de abstención ideológica. Esta regla podría formularse como sigue: “El psicoanalista debe abstenerse de toda influencia sobre el paciente en el campo ideológico”, es decir que debe evitar que sus convicciones propias en el campo religioso, político, filosófico, ético, etc.… intervengan en el análisis de sus pacientes.
Mi primer propósito es demostrar que