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En este trabajo mostraré sobre todo la dinámica de una sesión en una paciente esquizofrénica de 15 años, que analizo desde hace un año y donde las dificultades fueron sobre todo debidas a su extraordinaria agresividad, y al mutismo que sólo se modificó al cabo de varios meses, y siendo lo primero que me contase un sueño que era así: “Soñé que llovía mucho como ahora; yo estaba tirada en el barro boca arriba y la lluvia me caía encima; tenía la boca seca y abierta, y parecía que no podía moverme”.
Me mostraba así su hambre tan grande, insaciable, y cómo su enfermedad era la inmovilidad en que se había sumido ante su imposibilidad de hacer algo eficaz para aliviar sus vivencias de muerte sentidas a través de las sensaciones físicas de su voracidad.
La sesión que muestro acaeció unos días antes de la separación producida por las vacaciones de febrero. Mi propósito es no tan sólo mostrar lo positivo que puede hacerse en esa fracción de nuestro trabajo que significa una sesión, sino también lo negativo, es decir, lo que deja de hacerse por razones simples de la angustia del terapeuta, ante situaciones no sólo directas con el paciente, sino también ante la situación de la separación, que siempre debe despertar una culpa, en la relación que existe del terapeuta yendo en busca de descanso y diversión, y el paciente que se queda internado, propenso a las vicisitudes de sus sensaciones de abandono. No podemos dejar de mencionar que todo eso también debe despertar, aunque sean minúsculas, ansiedades paranoicas en el analista.
Cuando entro en la habitación está en la cama y apenas me ve me dice: “Hoy es un día malo”. Tomo asiento y le pregunto por qué. “Me siento afiebrada, tendría que tomarme la fiebre; y tengo mal en el estómago”. Interpreto que era por mis palabras de ayer en que le dije que su frío continuo era su soledad. Se queja de varias cosas entre dientes, luego insiste: “Tendría que tomarme la fiebre; Ud. no me hace caso, también me duele mucho la cara, la boca, tengo l