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El psiquismo humano conserva huellas de acontecimientos ancestrales. Muestra de ello lo suministra la existencia en el psiquismo de fantasías congénitas, como la de la observación del coito de los padres, del complejo de Edipo o del temor a la castración. Estas fantasías y otras más referentes a los instintos, denominadas fantasías primarias o primitivas (primal phantasies) [1], son muy importantes en la vida del individuo; dirigen su búsqueda de objetos ambientales a partir de objetos intrapsíquicos previos y le dan normas para sus comportamientos instintivos.
Arnaldo Rascovsky [2] ha demostrado que dichas fantasías tienen ya existencia en el psiquismo del feto y además que son percibidas por él. Ha señalado también que tal percepción tiene la característica singular de ser visual bidimensional.
Resulta comprensible que tales afirmaciones despierten incredulidad; sin embargo, si se las tiene bien en cuenta en tratamientos psicoanalíticos, y se sigue la regla básica de escuchar todo lo que comunican los enfermos, se las suele encontrar confirmadas en datos muy convincentes. Muchos proceden de sueños, los que siguen siendo lo que afirmó Freud hace ya 50 años: el mejor camino para la comprensión del inconsciente.
En su tratamiento psicoanalítico una pintora joven va mejorando su conducta heterogenital, que inició masoquísticamente en años anteriores.
Comienza una de sus sesiones psicoanalíticas quejándose de cansancio. Relata luego que la tarde anterior había realizado un coito, en el que procuró no excitarse. No sintió orgasmo, pero sí una gran felicidad de estar con su novio. En la noche siguiente tuvo un sueño, cuyo simbolismo lo hace fácilmente comprensible:
“Estoy en la mesa comiendo con Julio y Luis. Como me ocurre siempre, yo me había olvidado de servirles vino. O por lo menos no se lo servía a Luis. Alguien me decía que había que servírselo, pero yo siempre me olvido; nunca recuerdo que Luis toma vino. No ocurría nada más en el sueño. Era como una fotografía de sue