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Como el yo es la parte del aparato mental que está dirigida hacia el mundo, el análisis tiene que obrar a través de esta instancia. Las funciones del yo están bien conocidas. Debe ejecutar las órdenes del ello, ponerlas de acuerdo con el superyo, y basándose en sus experiencias anteriores, decidir cuáles de los impulsos del ello debe admitir o rechazar. En el análisis, dada la situación transferencial, el analista se ofrece como objeto a los impulsos del ello. Como éstos a menudo se encuentran con la oposición moral del superyo y con el recelo del yo por sus amargas experiencias anteriores, debidas al intento de satisfacción de estos impulsos, surge la resistencia transferencial. En ésta se expresa de nuevo el conflicto infantil. El analista, interpretando esta situación transferencial, vincula al yo con una nueva realidad, la realidad de la situación analítica, causándole así una disociación. Esta disociación del yo es una necesidad para el desarrollo del proceso terapéutico, porque permite que una parte del yo se identifique con el analista —siempre gracias a la transferencia y su interpretación— y observe intelectualmente el conflicto afectivo que sufre la otra parte en la situación transferencial, en su lucha contra los impulsos del ello.
En esta disociación se repite otra más primitiva, la de la formación del superyo. Pero se repite bajo circunstancias más favorables. Se establece un yo ya maduro y con exigencias que provienen de la parte del yo identificado con el analista, su comprensión, serenidad y tolerancia. Este proceso se repite una y otra vez durante el análisis, frente al surgimiento de cada nueva exigencia transferencial. O, al presentarse una nueva exigencia, esta parte del yo desaparece momentáneamente para reaparecer gracias a la interpretación del nuevo conflicto. Por otra parte, debido a la fuerza sintética del yo, esta parte disociada e identificada con el analista, es incorporada al yo total a través del tratamiento.
Marie Langer.