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En base al estudio de numerosas sesiones de juego y con la presentación de varios ejemplos, la autora llega a la conclusión de que la psicoterapia es una experiencia de aprendizaje, un desarrollo personal muy complejo, acumulativo e integrativo, en que el niño es enfrentado con una habitación llena de juguetes o una selección modificada de éstos, y con un terapeuta que trata de crear un tipo de experiencia que le permitirá aprender algo acerca de sí mismo en relación con el terapeuta y con la forma como puede funcionar a motu propio.
Se mencionan los requisitos de personalidad y actitud básicos para todo terapeuta.
En cuanto a los procedimientos, la autora se refiere a la permisibilidad diciendo que es la oportunidad de utilizar las capacidades internas para la expresión de actitudes, pensamientos y sentimientos, cuando éstos se hallan canalizados a través de actividades simbólicas y legítimas por el uso sensato de limitaciones y con la esperanza de que el niño adquiera una libertad de expresión responsable.
La limitación de los ataques y de las destrucciones directas parece desarrollar una seguridad y estabilidad en la relación terapéutica, permitiendo al niño conocer objetivamente sus sentimientos sin añadir culpa, miedo o ansiedad. La comunicación sensitiva entre el terapeuta y el niño se establece frecuentemente en un nivel no verbal.
Las sesiones de juego ofrecen al niño la oportunidad de experimentar efectivamente su relación con el terapeuta, de la cual mucho puede ganar aún cuando éste no siempre sabe qué ocurre en el mundo interno del niño.
La fluidez en el uso de los materiales, fantasías y conversaciones, fomenta la libertad de expresión necesaria al niño.
Las limitaciones de tiempo y espacio asimismo proveen una sensación de estabilidad y seguridad.