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Teniendo en cuenta que los instintos constituyen un concepto límite entre lo biológico y lo psicológico, no debe llamarnos la atención que al intentar acercarnos psicoanalíticamente al problema de la obesidad lo hagamos tomando como base, la noción de instintos de vida e instintos de muerte. Sabemos que el instinto desarrolla tensiones que se expanden por todo el organismo y que, al lograr la satisfacción se agota la energía estimuladora. Vistas las cosas así, podemos decir que el ser humano tiende a pasar del reposo al reposo y, que el ciclo de carga y descarga se encuentra bajo el dominio de una tendencia repetitiva.
El principio del placer-displacer, impulsa al hombre hacia nuevas impresiones, hacia la renovación de los objetos de gratificación. El impulso a la repetición, gobernado por el instinto de muerte tiende hacia la inercia, y al rechazo de toda impresión nueva, puesto que es un instinto estrictamente conservador.
Tanto el principio del placer como el impulso a la repetición tienden hacia la nivelación de tensiones; el fin de uno y otro es lo que establece sus diferencias. Mientras el fin del principio del placer es la obtención del placer por medio de la descarga, en el impulso a la repetición el fin último se encuentra “más allá del principio del placer”, el reposo.
El humor, es un medio de llevar hacia un estado de reposo, afectos dolorosos a los que el humor se opone y substituye.
Freud [1] sin mencionar explícitamente que el humor se encuentra más allá del principio del placer y relacionado con el instinto de muerte, lo manifiesta implícitamente en uno de los pasajes de su obra en estos términos: “El humor es entonces un medio de conseguir placer a pesar de los efectos dolorosos que a ellos se oponen y aparece en substitución de los mismos. La condición que regula su génesis queda cumplida cuando se constituye una situación en la que hallándonos dispuestos, siguiendo un hábito, a desarrollar afectos penosos, actúan simultáneamente sobre nosotros motivos