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La personalidad de la autora es suficientemente conocida como para requerir una presentación. Sin embargo, si necesitáramos elegir uno solo de sus numerosos trabajos y conferencias para dar la pauta de su talento y capacidad, mencionaríamos su libro “Maternidad y sexo” no sólo por el notable éxito obtenido en su difusión sino, y muy fundamentalmente, por los incuestionables valores científicos de lo que se ha convertido en uno de los estudios psicoanalíticos más acabados y profundos sobre la psicología de la mujer.
En éste, su nuevo libro, nos muestra un objetivo diferente de su inquietud investigadora y hacia donde ha focalizado su aguda lente psicoanalítica. Lo hace con una mezcla de modestia y audacia a la vez. Modestia, porque ya desde el prólogo siente la necesidad de justificar su incursión en el mundo de las fantasías eternas que, según sus palabras, constituye “un derecho primordial del artista”. Audacia, porque una vez liberada por el precedente de la hazaña freudiana, se lanza valientemente al encuentro de los contenidos de las fantasías inconscientes, a través de la historia, la literatura, el rumor político, los mitos populares y los temas de ficción científica. Pero si he enfatizado el carácter audaz de su aventura, se debió especialmente a la sinceridad con que plantea sus propias vivencias en aquellos inquietantes parajes donde lo fantástico linda con lo real sin atreverse a “trazar el límite exacto de separación”. No puede dejar de subrayarse la honestidad y el valor que demuestran sus afirmaciones acerca de las experiencias extrasensoriales y telepáticas, algunas personales, cuando señalan el temor inherente a todos de “traspasar los límites familiares y seguros del pensamiento lógico”. Asegurar la persistencia de las concepciones mágicas infantiles en la mentalidad del adulto despierta, evidentemente, mucho rechazo; aunque vayan acompañadas del sentimiento de fascinación rayano en lo maravilloso. Pero tienen, como contraparte, el matiz demasiado pel