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En 1916 escribió Freud en Duelo y Melancolía [1] : “La peculiaridad más singular de la melancolía y que más necesita de explicación, es su tendencia a transformarse en manía, o sea en un estado sintomáticamente opuesto”. Abría así un interrogante para el que, según mi concepto, aún no se ha encontrado la respuesta exacta o tal vez sería mejor decir, completa. El mismo Freud, cinco años más tarde, en Psicología de las masas y análisis del yo [2], sintetiza sus hallazgos al respecto en dos hipótesis. Una de ellas, de carácter psicológico, atribuye la manía a la liberación de energía resultante de la fusión del yo y del superyo. La otra, que viene a ser la base biológica de la anterior, establece que así como el yo necesita confundirse con el ello en el sueño de una manera periódica, precisa también durante la vigilia reunirse con el superyo. Pero en este último caso, y de acuerdo a supuestas leyes biológicas, la estructura más evolucionada, es decir, el superyo, desaparecería en el yo, su estructura de origen.
Aun suponiendo que la aceptáramos como cierta, esta última hipótesis sería incompleta puesto que no nos dice nada acerca de los factores que condicionan la alternancia de los períodos biológicos citados.
Todos los autores que han hecho aportaciones importantes al problema de la melancolía y la manía, coinciden en que la melancolía sobreviene a causa de la pérdida de un objeto ambivalentemente amado, mientras que la manía es atribuíble al reencuentro y fusión intrapsíquicos con dicho objeto. Freud [2] se refería a este objeto en términos de superyo, y Rado [6] de pecho materno. Sin embargo, esto no explica suficientemente los motivos internos que llevan al maníaco a abandonar de nuevo su contacto con el objeto, perderlo y caer en la melancolía, y al melancólico a reconquistarlo. Freud [2] supuso que la melancolía se transformaba en manía, cuando el yo abrumado por la tiranía del superyo se rebelaba contra él, barriendo con todas las restricciones y sufr