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Un año atrás un analista me solicitó que observara en una hora de juego a Ernesto y Luis, advirtiéndome que eran hermanos gemelos y que hablara con los padres, sugiriéndome que contemplara la posibilidad de analizarlos juntos.
De inmediato surgió mi réplica: Pero, ¿ cómo, juntos? En mi pregunta había sorpresa y encantamiento.
Sorpresa porque por mis conocimientos técnicos y por mi experiencia previa, sabía de las dificultades que surgen en el niño en un análisis individual; por ejemplo, al saber que comparte a la analista con otros niños, aun teniendo una hora exclusivamente para él, y porque consideré las dificultades que podría tener yo para responder analíticamente por igual a los dos a la vez.
Encantamiento, ante la idea de “tener” mellizos. Este sentimiento de satisfacción y orgullo, casi de privilegio, me sirvió para comprender parte de la conducta de la madre en relación a estos niños y en relación conmigo como analista; por ejemplo, su más o menos encubierta agresión, después del cambio logrado con sus hijos, especialmente cuando comenzaron a diferenciarse uno del otro.
Después de la primera hora de juego, subsistían con todo mis dudas acerca de las posibilidades para brindarles ayuda en esas condiciones especiales. Cuando los padres me manifestaron directamente sus deseos de someterlos a un tratamiento psicoterapéutico, les propuse un análisis individual. Esta proposición provocó gran asombro en ellos. Los niños siempre habían estado juntos, criados y educados juntos, jugado y padecido las mismas enfermedades juntos, etc., y agregaron a esto el problema económico. La cantidad que disponían para el tratamiento era reducida. Apenas si llegaba a costear el análisis de uno solo de ellos, dentro de los honorarios corrientes más bajos. Esto, en un aspecto, me servía de soborno, es decir, tranquilizaba las objeciones a mi deseo latente (a mi encantamiento) de analizarlos juntos.
En segundo lugar y principalmente, decidí analizarlos de esta manera nueva para mí, porque