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Según la experiencia general en análisis de niños, no puede considerarse satisfactoria la labor efectuada hasta que el niño no logre empezar a verbalizar sus fantasías. Es decir, que el niño utiliza sus juguetes y “juega”, mientras no está lo suficientemente integrado para enfrentarse de un modo real consigo mismo y con el analista.
Así como el niño, al iniciar el análisis, encuentra “su” cajón de juguetes ofrecido —implícitamente— por el analista, como medio de comunicación, así el adulto encuentra que el medio propuesto —implícitamente— por el analista, es su acervo de fantasías. Al decir “acervo de fantasías”, me refiero a los contenidos del “cajón” o mundo interior, al “bagaje” particular de fantasías inconscientes con el que ya llega el adulto al análisis y con el que deberá manejarse en esta nueva situación, así como el niño se maneja con los juguetes.
Lo que el analista espera es, para el niño, que él movilice “sus” juguetes: que los saque del cajón y represente con ellos lo que pasa dentro de él. Lo que el analista espera es, para el adulto, que él movilice sus fantasías: que las “saque afuera” y manifieste con ellas lo que pasa dentro de él. Pero aquí se llega a un punto que parecería divergir, ya que el niño necesita del juego para expresar sus fantasías, en cambio el adulto, dada la capacidad de verbalización, las está expresando directamente. Sin embargo la observación señala que tal divergencia es sólo aparente y que la fantasía movilizada por el analizado en sus asociaciones no es “directamente”, la expresión de “lo que pasa dentro”, sino que parece tender a alguna finalidad al ser elegida ésta (y no otra, por ejemplo) entre el cúmulo de fantasías interiores, y por el hecho de ser elegida ésta en ese momento preciso, y, a continuación de ésta, otra determinada, etc., es decir, que el analizado, a la par de lo que está diciendo, está haciendo algo con lo que “dice”. Ese “algo” está, evidentemente, dirigido al analista —ya que es a él a quién “se dice”— y