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Enrique empezó su tratamiento conmigo cuando iba a cumplir los 18 años; sin embargo no representaba más de 14 ó 15 a lo sumo. Era alto, delgado, lampiño. Se sonreía ampliamente al saludar, pero la sonrisa se le borraba de inmediato, dejando lugar a una expresión muy seria.
Hablaba en voz baja, su tono monocorde estaba aparentemente desprovisto de afecto y contrastaba en forma llamativa con el contenido relatado.
En la primera entrevista me informó de que en su casa acababan de enterarse —por él mismo, a raíz de una discusión— de que años atrás un muchacho algo mayor había abusado de él y por tal motivo ejercían actualmente un control estricto sobre sus actividades, no lo dejaban ir solo a ninguna parte y habían decidido ponerlo en tratamiento.
Sus padres se habían llevado muy mal y su nacimiento fué el pretexto del que se valió el padre para abandonar la casa, acusando a su mujer de que este hijo no era de él y llevando consigo a los hermanos mayores de Enrique. Éstos en la actualidad vivían fuera del país y no los había vuelto a ver desde su más temprana infancia.
A raíz de la separación de su marido, la madre de Enrique empezó a trabajar y dejó al hijo de pocos meses al cuidado de una familia de gente sencilla y de escasos recursos económicos, los que sin embargo, recibieron al huésped con gran cariño y nunca le dejaron faltar nada.
Se quedó con ellos hasta cerca de los nueve, época en que la madre lo llevó a vivir con ella. Hasta entonces lo había visitado todos los sábados y —según las propias palabras de Enrique—, “se iba en cuanto quedaba dormido y pasaba muchísimo tiempo (es decir, toda una semana) hasta que volvía de nuevo”.
Durante ese período tuvo relaciones homosexuales pasivas con el hijo menor de esta familia, quien contaba unos años más que él. Este muchacho fué en aquel momento para Enrique un objeto narcisístico, necesario para lograr su integración frente a la inexistencia de un padre verdadero y a la enorme distancia que siempre lo había separado de su m