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En el presente trabajo se considera la situación en que quedan los niños sin padre, los efectos ulteriores de esta dolorosa experiencia y la forma de ayudarlos a superar su duelo.
Contradiciendo una creencia general, afirma la autora, que aun en el primer año de vida la desaparición del padre despierta en el niño sentimientos de dolor y hace surgir una gran ansiedad; cuando más pequeño es el niño tanto más grave es la influencia de la pérdida.
Los niños pequeños tienen la sensación de haber perdido un protector, lo que constituye a su estado de inseguridad y temor en el futuro. Los niños se sienten culpables y responsables de la muerte del padre debido a su propia rivalidad por el amor de la madre y creen que sus deseos hostiles lo han matado.
Los resultados externos de este conflicto y la forma en que trabaja la imaginación varía con la edad, temperamento, estado mental previo o tendencias neuróticas. Estos resultados pueden manifestarse en forma de conductas extrañas, continuos cambios de humor, fijación a la madre, a quien martirizan de diferentes maneras, rebeldía, actitudes hostiles en la escuela frente a compañeros y autoridades, conducta antisocial, tendencia al robo, vagancia, holgazanería, apatía, alegría afectada, incapacidad para soportar condolencias, depresión, incapacidad de amar a las personas del sexo opuesto.
Si estas defensas naturales y espontáneas se desarrollan en alto grado, el niño se transforma en un “caso” de delincuencia, de depresión, de homosexualidad o de esquizofrenia. Concluye la autora diciendo que lo que necesitan los niños que han perdido al padre, además del tiempo y oportunidad para hacer el duelo, es seguridad, afecto y amistad, comprensión y guía, así como oportunidades positivas para el juego y la labor activa y creadora.
María Esther Morera.