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Entre otras afirmaciones, la autora insiste en que el complejo de Edipo ejerce ya una influencia intensa en el segundo año de vida. En niños la elección del padre como objeto amoroso es consecuencia de la frustración del destete; por eso el niño busca en el padre la satisfacción oral. El destete refuerza el complejo de Edipo negativo y también empuja al niño a liberarse de la fijación oral en la madre y a desearla genitalmente. En los dos sexos, en las capas psíquicas profundas es sobre todo la madre la imago más castradora.
Los ataques de ansiedad de niños pequeños parecen ser una repetición de ataques de pavor nocturnos, que se presentaron en el niño en la segunda mitad del segundo año y al comienzo del tercero. Son una consecuencia de una elaboración neurótica del complejo de Edipo, que provoca en el niño un intenso sentimiento de culpabilidad. Esto es algo que corresponde a la actuación del superyo de los adultos. El que el complejo de Edipo alcance su máxima intensidad al cuarto año no contradice la existencia de estos estadios previos.
En sus juegos los niños representan simbólicamente fantasías, deseos y experiencias. Se comprenden los juegos siguiendo la técnica de Freud de interpretación de los sueños. Además de los juegos, los niños en sus tratamientos psicoanalíticos emplean otros mecanismos primitivos de expresión. En vez de palabras ponen acciones. En niños la “actuación” en el tratamiento tiene un papel prominente.
Así una niña de seis años tenía una neurosis grave, proveniente de la educación de sus esfínteres. Lo dramatizaba en sus juegos, colocando una muñeca sobre una pierna, como defecando y otras muñecas alrededor, admirando a la primera. Después de ello hizo un juego de actuación. La psicoanalista debía representar el papel de niño admirado que se ensuciaba y a quien luego ella castigaba, comportándose como una maestra cruel.
Un mecanismo fundamental del juego de niños y de las sublimaciones subsiguientes es la descarga de fantasías de masturbación.