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En un artículo para un libro de difusión psicoanalítica, la autora expone sencillamente la situación psíquica del niño pequeño, con un superyo increíble y fantástico, que le amenaza de ser comido, cortado en trozos. Tal como aparece también en los mitos como el del dragón que escupe fuego. Aunque en cierto grado reproduce los aspectos reales de los padres, este superyo se crea por las tendencias agresivas del niño, con todos sus diferentes impulsos orales, anales y uretrales. El temor del niño al mundo real es una consecuencia de su temor a dicho superyo.
Lo fundamental en la génesis de este superyo es el instinto de muerte del niño. El niño quiere sujetar al instinto de muerte eon su libido. De la fusión de los dos instintos resulta el sadismo. Se origina así la relación sádica con los objetos. Por sus deseos sádicos hacia los objetos, éstos son considerados como sádicos por el niño. Luego los objetos con estas características son introyectados por el niño, y de ellos quiere librarse el niño mediante su sadismo, lo que le angustia. Se origina así un círculo vicioso. La formación del superyo se inicia ya con las primeras introyecciones orales y su severidad inicial forma la base de las conductas asocíales y criminales.
En una fase ulterior a la creación de aquel círculo vicioso, el yo pretende huir del objeto angustioso, lo que le crea dificultades en sus relaciones de objeto. Más tarde aún, con la presentación de la genitalidad, el sadismo disminuye y las imágenes terroríficas del superyo retroceden. Se crean imágenes buenas, basadas en el estadio del mamar. Frente a los objetos se presenta la compasión y el yo desarrolla el sentimiento de culpabilidad, lo que forma la base de las actitudes moral y ética adultas.
La elección del objeto recae primeramente en la madre. Los impulsos oral-sádicos, a los que se ańaden pronto los genitales, crean una serie de fantasías sobre la reproducción. Como la de suponer que la madre incorpora continuamente el pene del padre