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Los estados depresivos del adulto serán entendidos en relación con los estados depresivos del niño.
Se estudia el desarrollo del niño, descubriendo cómo las actividades instintivas satisfechas o insatisfechas llevan a situaciones de placer o enojo, y relacionándose primero una actividad parcial, con objetos parciales, luego un yo “total” con personas “totales”, haciéndose posible entonces por primera vez la depresión.
En relación con la manera en que se presenta y es manejada en esta etapa, podremos comprender los síntomas de las depresiones ulteriores normales o anormales.
En las experiencias placenteras tempranas se introyectan objetos buenos que forman parte del mundo interno. Asimismo las experiencias frustradoras condicionan un intercambio, mundo interno-mundo externo, cargado de maldad. En esta etapa el amor y odio son omnipotentes.
Poco a poco el niño integra el amor y el odio.
La boca enojada es identificada con la boca gratificada. Esto es muy importante para la génesis de la depresión. El momento de su aparición depende del grado de madurez al nacer, de los dones intelectuales y de la calidad del desarrollo previo. Es decir, que la integración ocurre con la creencia en un yo continuado, o en lo que más tarde será llamado partes del yo. Lo mismo sucede con las personas.
El darse cuenta de que el máximo amor y odio pueden ser expresados con el mismo órgano, dirigidos al mismo objeto y que este objeto puede, al mismo tiempo amar y odiar es muy importante. También lo es la tolerancia a este sentimiento, y depende de que el amor sea sentido como mayor que el odio. Entonces se recurre al amor para anular los efectos del odio: surge el duelo normal, con depresión. Una tolerancia incompleta a la depresión lleva a muchas formas y síntomas de estados depresivos de mucha severidad. En este caso el odio es mayor que el amor y se llega a una situación en que el yo debe ser destruido para proteger al mundo interno y externo de un mal peor.
La integración, resultante de la cree