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El presente trabajo trata de los niños de los indígenas de Australia central (de los aranda, luritja, pichentara y jumu). El autor los observa en sus juegos y los hace hablar de ellos mismos. Los llama “libres de angustia”, no porque realmente lo sean, sino para destacar su mucha mayor libertad física y psicológica en comparación con el promedio de los niños civilizados. En sus juegos se manifiesta con toda claridad las tendencias edípicas positivas y negativas y sus prohibiciones, la unión de los hermanos contra el padre, la identificación con éste y con la madre, la ecuación de pecho y pene, el pene como arma, el sadismo uretral, la ecuación de pene y niño, la relación sexual con la madre fálica, la transformación —por temor al padre— del sadismo en masoquismo y de la posición masculina en femenina, el cunnilingus (por angustia de castración), el sadismo como consecuencia de la misma angustia, etc.
La homosexualidad se manifiesta no sólo en los juegos, sino también en la vida sexual real de los varones (coito anal y masturbación mutua).
Los juegos de los niños se muestran siempre motivados por el complejo edípico tal como en los niños civilizados.
Las perversiones de los niños demostraron ser motivadas por el complejo de castración, es decir, que representan un sustituto regresivo de la genitalidad y no una expresión de la constitución polimorfoperversa del niño antes de llegar a la primaeía de la genitalidad. Se trata pues de perversiones “verdaderas”.
Lo que diferencia a estos niños de los nuestros, es especialmente el grado de franqueza con que hablan sobre el coito y las perversiones sexuales, y, en sus juegos, el grado de evidencia de su significado sexual.
En cuanto al período de latencia, sería exagerado decir que no existe, pero sí que son relativamente pocas las cantidades de libido que son desviadas de sus finalidades instintivas originales.