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Un niño fué llevado al análisis por presentar dificultades en el aprendizaje y fuerte ansiedad. Ya en las primeras sesiones se hizo evidente que la causa de sus trastornos no era un déficit de la inteligencia sino una compulsión a leer historias de detectives. El paciente se identificaba con los personajes y esta identificación servía tanto a la defensa como a la satisfacción de sus pulsiones instintivas.
Dice el autor que el análisis de este material duró 6 meses y pasó por tres fases: 1ạ, el paciente se identificó con la víctima; 2ạ, se identificó con el criminal; 3ạ, como castigo temió ser castrado.
La historia del paciente aclara el porqué de estas identificaciones. Cuando se inició el tratamiento, hacía dos años que había muerto el padre y vivía con una hermana a la que odiaba y con la madre que era epiléptica. Además en la vida del enfermo hubo hechos fuertemente traumáticos.
1ọ, Una amigdalectomía que él vivió como castración; 2ọ, Extracción de un diente bajo anestesia de gases que le dejó el temor de ser atacado y no poder defenderse; 3ọ, Temor a haber causado la muerte de su padre por haberla deseado intensamente (el padre le descubrió masturbándose y le prohibió dicha práctica). Temor de que su padre hubiese muerto sin poder defenderse (tal como él recordaba la anestesia y la impotencia para defenderse durante la operación); 4ọ, Impresión traumática de las crisis convulsivas de la madre y temor a un perseguidor que le hiciese caer, castrándolo como a una mujer.
La lectura de historias de detectives resultó ser, como el síntoma neurótico, una tentativa frustrada de vencer la ansiedad.
Leer era defenderse contra el miedo.
A. A. de Pichon Rivière.