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La autora describe un caso interesantísimo de una niña de ocho años con estados crepusculares histéricos, que demuestran claramente el significado de un trauma sexual, la fijación a conflictos edípicos y algo de los problemas preedípicos. Los accesos comenzaron a los seis años, es decir, dos años antes de que fuera iniciado su análisis. En estos estados solía fugarse de su casa y acercarse a hombres, amenazando con un cuchillo a su madre si ésta no le permitía fugarse, y luego volviendo el cuchillo hacia sí misma. Durante el acceso reconocía a todos menos a su padre, y después se volvía hacia la madre en busca de protección.
El primer acceso ocurrió poco tiempo después de finalizar el tratamiento de gonorrea que contrajo a raíz de experiencias sexuales con un tío adolescente; éstas se registraron cuando nació una hermana, teniendo ella cuatro años. Había vivido el tratamiento con una satisfacción libidinosa, ya que era hecho por los padres. Durante el tratamiento se fueron intensificando sus deseos incestuosos hacia el padre, de modo que repitió con él, al finalizar el tratamiento la gran frustración que había sufrido con la madre al nacer la hermanita.
Pudo compensar la pérdida de la madre tomando a su tío como sustituto, pero, a los seis años, al cesar de repente la satisfacción que significaba el tratamiento, ya no podía sustituir al padre, y tampoco podía permitirse sus deseos incestuosos, por temor a perder a la madre. Su yo halló en los estados crepusculares una solución para el conflicto entre sus impulsos incestuosos y sus exigencias internalizadas. La intolerancia de la frustración y la tentativa de abandonar el lugar de la tentación parecen ser típicos de los estados crepusculares y las fugas.
Elisabeth Goode.