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Los primeros desórdenes que llamaron la atención en los problemas alimenticios de la niñez fueron los trastornos consecutivos del destete. Éstos, y en general todas sus variaciones, fueron objeto de estudio por parte de diversos autores.
La función del comer está al servicio de una necesidad biológica, y actúa en unión con las fuerzas del ello y del yo, las cuales, aunadas, tienen por objeto la autopreservación del individuo. El comer llega a revestirse de una significación agresiva y sexual y, secundariamente, se transforma en un acto representativo de las fuerzas del ello en oposición al yo. La necesidad de la nutrición se anuncia, en el conocimiento del niño, por la sensación del hambre. La tensión dolorosa que crea esta situación impulsa al niño a darla a conocer al ambiente mediante el grito o, después, pidiendo o proporcionándose él mismo el alimento. El apaciguamiento del hambre es vivido con placer; el impulso de autopreservación está reforzado por el placer obtenido al alimentarse.
De acuerdo con estas condiciones, hay tres formas principales bajo las cuales la función del comer puede verse perturbada:
Por trastornos orgánicos de la alimentación: sin interés analítico, salvo en aquellos casos en los que llegan a ser la base de desórdenes no orgánicos o se combinan con ellos.
Por trastornos no orgánicos del proceso instintivo en sí, causados por el conflicto entre alimento gratificador por un lado, y régimen que restringe el placer anterior, por otro. Esto en lo relativo a horarios, cantidad, frecuencia, etc…. Este displacer, o frustración en más o menos, provocarán sensaciones penosas o dolorosas que el niño relacionará con la alimentación y que condicionarán un rechazo total o parcial.
Por trastornos neuróticos de la alimentación, ya que, debido a su primitiva identificación madre-alimento, distintas situaciones conflictuales con la figura materna serán expresadas bajo forma de perturbaciones alimenticias.
En cuanto a la relación entre el comer y los instintos a