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Dice la autora: En conclusión, los ejemplos mencionados fueron presentados a fin de apoyar nuestra tesis de que no concebimos a la agresión como una fuerza de destrucción innata e inmodificable. Suponemos que la conducta agresiva significa
adaptación a la realidad circundante, por lo tanto es parte de la organización del yo. Hemos intentado demostrar que precisamente es la estructura del yo la que define los modos en que uno expresa las reacciones hacia frustraciones internas o externas.
En base a un caso clínico es ilustrada la teoría de que donde el yo se halla poco desarrollado, “fragmentado” y por eso sin la capacidad de establecer una elara distinción entre el yo y el mundo externo, o de organizar las tendencias, la reacción a una frustración constante tiene que permanecer ligada al yo y sólo puede ser expresada por explosiones difusas de tensión análogas a la rabia. En contraste el segundo caso sirve como un ejemplo de la conducta directamente agresivo-destructiva hacia objetos o personas, establecida como respuesta a la continua frustración y angustia. Pero el yo del niño ya había alcanzado la etapa de distinción entre el yo y el mundo circundante, y de identificación con la madre agresiva, que era un paso más en el desarrollo.
Abreviando, nuestras observaciones clínicas indican cómo las vicisitudes de la agresión y de sus formas de expresión dependen de la relación entre las fuerzas frustrantes y frustradas. Proveyendo un clima emocional favorable al desarrollo de un yo que tiene la capacidad de organizar y controlar las tendencias, estamos en condiciones de modificar y hasta eliminar el elemento destructivo de la agresión.
Alberto Campo.