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Tomás vino a verme hace un año (tenía 27 años) porque había tenido un “pequeño aflojamiento sexual”. En la entrevista inicial me contó que en sus relaciones sexuales él mantenía la erección todo el tiempo que se proponía y que hacía tener a su compañera varios orgasmos. Su propio orgasmo “no le interesaba”.
En su última relación, y por esto me consultaba, su amiga había tenido menos orgasmos que los habituales, porque él no había podido seguir manteniendo la erección. Estaba alarmado, porque desde entonces no se había animado a tener relaciones sexuales, aunque pensaba que podía tratarse de un “aflojamiento transitorio”. Además, sentía que tenía algunas “dificultades de carácter”, que justificaban que se analizara; no podía concentrarse en el estudio y tenía problemas en la relación con sus padres.
Me contaba todo esto de un modo impresionante; hablaba a toda velocidad y cuando llegaba al final de lo relatado comenzaba de nuevo por el principio. Mi sensación era de que lo angustiaba la posibilidad de que yo hablara y trataba de impedirlo. Hablaba sentado en la punta del asiento y sudando profusamente.
Había una gran disociación entre toda esta reacción y la forma en que contaba sus cosas intentando quitarles valor; “pequeñas, transitorias”. También el tono de su voz intentaba ser de desvalorización. Por detrás de su máscara de actividad maníaca sentía en él una gran depresión, objetivable en el brillo de sus ojos, que a veces se humedecían ligeramente.
Le señalé la mencionada disociación y le dije además, que por lo que estaba mostrando, no solamente en la cama tenía necesidad de estar en erección permanente, ya que allí, conmigo, todo su cuerpo estaba en tensión, igual que su actitud mental; todo él estaba eréctil. En cuanto a mí, me trataba como si fuera su compañera sexual, porque no acababa nunca, ya que cuando parecía que iba a terminar de hablar, empezaba de nuevo.
Reaccionó a esto con una sonrisa, se recostó en el asiento y me miró; tuve la impresión de que por pr