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Cuando en 1887, a los treinta años de edad, Freud volvió a Viena desde París, donde había permanecido seis meses estudiando con Charcot, y se disponía a instalar su consultorio médico, pensó adoptar alguna manera característica que le distinguiera entre los colegas. Había observado que los hombres a quienes más admiraba —Brücke, Nothnagel, Breuer, Meynert, y otros— tenían algún rasgo particular de carácter que los diferenciaba. Decidió entonces destacar su integridad y honestidad, haciendo de estos rasgos de carácter su estilo personal.
En esa época acababa de pasar por una severa formación científica y por turbulentas experiencias afectivas. Además su boda estaba próxima e iba a comenzar el ejercicio de su profesión. Para entonces, en su proceso de integración había amalgamado los diversos componentes de su personalidad, adquiriendo un equilibrado dominio sobre sus tendencias. De la suma de toda esta energía, de esta integración, extrajo la fuerza necesaria para explorar el inconsciente. Su obra es la prueba del grado de integridad que había alcanzado, pues aquellos que se asoman al conocimiento del inconciente con una estructura mal integrada, no logran mantenerse en la línea que se mete rectamente en el centro de ese juego de fuerzas que es el inconciente; en estos casos la dirección de la investigación se desvía y el conocimiento logrado es parcial, sujeto a rectificaciones; el investigador, al servicio de la tendencia dominante, tiende a satisfacerla a costa del conocimiento objetivo. Freud pudo seguir su camino sin desviaciones, y los conocimientos por él agregados quedaron estables y su obra es el cimiento de la teoría psicoanalítica.
Nos encontramos con un hombre sobre quien han concurrido unos factores que han creado un ser excepcional. Se nos plantea un interrogante: ¿Cuáles han sido los factores capaces de plasmar esta personalidad? Afortunadamente tenemos elementos que nos ayudan a aproximarnos a la dilucidación de este problema.
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