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El instituto psicoanalítico tiene muchas de las calidades —tanto buenas como malas— de un grupo familiar cerrado. Hay precedentes excelentes para esta tendencia ya que, por lo menos en EE. UU., uno suele llamar a su Universidad “alma mater” y el sentimiento que se tiene hacia ella es como hacia una madre nutricia, constructiva. Pero la gente que ingresa a la Universidad generalmente no ha alcanzado todavía los veinte años y el dejar la Universidad es considerado un comienzo de vida, como una existencia adulta, independiente. Las escuelas para graduados suelen tener menos sentimiento de familia; los estudiantes tienden a unirse a grupos de especialización, incluyendo los graduados de muchas escuelas distintas y la rivalidad se produce más bien por las ideas que por lealtad a la escuela.
Y sin embargo en una escuela post-postgraduada —el instituto psicoanalítico— todas las satisfacciones y males de un grupo familiar cerrado parecen resucitarse de nuevo. La forma misma en que se denominan los diversos grupos indica esta tendencia; se habla del grupo Horney, del grupo Rado, grupo Adler, grupo Freudiano, etc. Mientras unos podrían restar importancia a esto diciendo que no es más que una abreviación, o que a los norteamericanos les encanta poner apodos a las cosas, yo creo que indica algo acerca del especial grado de sentimiento involucrado.
Se puede enumerar las razones para esto bajo dos encabezamientos generales: primero, persecución externa, incluyendo la explotación del terreno por personas sin formación profesional; y, segundo, transferencias y contratransferencias no resueltas —es decir, problemas internos.
Las guerras y la persecución tienden a consolidar los grupos. Cuando un grupo se ve enfrentado por un enemigo común, las rencillas y pequeñas diferencias tienden a desaparecer, o por lo menos permanecer latentes por el momento. La temprana historia del psicoanálisis fué una historia de persecución. Freud fué atacado como no-científico e inmoral —hasta como casi dem