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La autora se refiere a un grupo no definido de pacientes (caracteropatías, perversiones, etc.) para los cuales las interpretaciones transferenciales carecen de sentido, y por lo tanto, no pueden ser utilizadas. Algunas otras características de estos pacientes son: pensamiento defectuoso, por la deficiente capacidad de simbolizar y de hacer deducciones; violento “acting-out”, relaciones con otras personas del tipo de las “folies-a-deux”, etc. La relación analítica es tomada sobre esta base, es decir, hay un intento de establecer una “folie-a-deux” con el analista, y el carácter de la transferencia es esencialmente delirante. Esto significa, entre otras cosas, que el analista es el padre, la madre, o el paciente durante la sesión, y por lo tanto el “como si” de la interpretación no tiene sentido.
El origen de este estado parece ser una falta de integración entre cuerpo y mente, y entre núcleos del yo y del ello, que depende de experiencias corporales acaecidas en un estado pre-ambivalente, pre-verbal y pre-objetal. Detrás del delirio hay un estado de indiferenciación, donde no existen ni sujeto ni objeto, sino estados de odio, miedo o amor, sin persona que lo sienta; y experimentados como caóticos. Para no caer en él debe mantenerse el delirio en la transferencia; la labor del analista consistirá en hacerle llegar a él. La ruptura del delirio trae aparejado un “orgasmo de dolor”, y su descarga puede tomar la forma de ataque sobre sí mismo, o sobre el analista (intento de suicidio, agresión corporal del analista). En este momento hay real peligro, pero en el movimiento que implica hay también un contacto con otra persona, el analista; este contacto físico sirve de base para diferenciar al sujeto del objeto, y es el comienzo de la curación.
En cuanto a la técnica, la autora insiste en la necesidad de presentar al enfermo la realidad en forma innegable y directa, de modo que no requiera ni simbolizaciones, ni deducciones por parte del paciente. Algunas veces deberán emplea