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En este trabajo se trata de demostrar cómo los hombres privados de su libertad desarrollan con preferencia ciertos tipos de psicosis. Llama la atención, en primer término, la difusión de la enfermedad esquizofrénica mientras que las psicosis depresivas escasean, inclusive entre aquellos cuyas condenas significan la reclusión para la mayor parte de sus vidas. Otro rasgo común es la sintomatología paranoide ya sea aguda y desorganizada ya sea crónica y persistente. Los presos que son catalogados por psiquíatras experimentados como “personalidades psicopáticas” muestran indefectiblemente, después de la sentencia o en el curso de su encarcelamiento, síntomas de esquizofrenia que no podemos explicar como error de diagnóstico. En el estudio de los que ofenden a las leyes encontramos personalidades con una agresión poco común ya abierta, ya latente y desplazada. Su historia personal está jalonada de frustraciones afectivas, de rechazos por objetos sustitutivos que determinan la formación de un superyo defectuoso o de uno demasiado exigente, siendo esto último lo más aceptado en la actualidad. De tal modo, el psiquíatra moderno entiende el comportamiento criminal como una necesidad de autocastigo en personalidades extremadamente dependientes. Podemos comprender la ausencia de verdaderas depresiones y los escasos suicidios entre los presos por la presencia constante de objetos hacia los cuales puede dirigirse la agresión de aquéllos, como por ejemplo, el personal carcelario, que representan la autoridad, siendo otra condición favorable el “código de prisión” que aunque variable según los lugares, tiene una serie de reglas básicas en común e impone al preso determinado comportamiento que no favorece el aislamiento ni la introspección. La esquizofrenia en su forma crónica adopta el aspecto estereotipado de lo que podría llamarse una “psicosis de prisión”: obstruccionismo pasivo, actitudes quejumbrosas, episodios agresivos, diferentes grados de actitudes pendencieras, etc., mie