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El autor se pregunta si es posible que el psicoanalista tenga una filosofía de la vida, y que pueda, no obstante ello, permanecer objetivo en su trabajo analítico. Se plantea si nuestro trabajo no contiene ya, sin que nos apercibamos
una cierta filosofía universal y moral, si es que no somos moralistas y si la cura analítica no incluye una jerarquía de valores humanos.
Sustenta que, desde que tratamos de curar a un enfermo, filosofamos de cierta manera por la posición que tomamos en el diálogo y en el trabajo interpretativo. La cura, como la enfermedad, están necesariamente ligadas a una concepción del hombre. Siendo esto así, debemos tomar consciencia de ello para medir bien los límites y la originalidad de esta filosofía.
Se refiere a la sinceridad con que se ha de llevar a cabo el análisis. Éste representa una experiencia decisiva, pues el conocimiento de sí mismo es inseparable de la aceptación de uno mismo, y aceptarse es necesariamente aceptar al otro, su situación en el mundo. Es reencontrar un diálogo verdadero. Significa abandonar lo imaginario para entrar en lo real. Ha de ser en este sentido de verdad, que dará más valor a nuestras interpretanciones, en donde se apoya la esperanza terapéutica. Todo el arte del analista consistirá en situarse lo más cerca posible del consenso implícito que lo liga a su enfermo.