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Podemos observar en nuestra labor analítica el siguiente y llamativo hecho: hemos visto y comprendido algo en el analizado que nos pareció importante, pero no se lo hemos dicho. A veces nos parece indicada esta abstención, nos sentimos en acuerdo con las reglas que rigen la interpretación. Pero otras veces no es así, nos damos cuenta de un factor emotivo dentro de nosotros que se oponía a la comunicación de lo comprendido, como por ejemplo un temor de herir o angustiar demasiado al analizado, un temor de perderlo o de desencadenar una respuesta excesiva de transferencia “positiva” o “negativa”. En tales casos suele surgir la duda de si nuestra abstención era objetivamente indicada o si se trataba de un rechazo subjetivo, de una resistencia nuestra, una “contrarresistencia” que se oponía a la interpretación.
La observación muestra, además, que estas resistencias del analista o “contrarresistencias” suelen coincidir con resistencias del analizado que se refieren a la misma situación. A veces hasta es, como si entre el analista y el analizado se hubiera concertado un mudo concordato, una oculta complicidad de callar y evitar cierto tópico, no conscientemente desde luego, pero no totalmente inconsciente.
Estas observaciones son frecuentemente acompañadas por la sensación de que la situación en cuestión —la que fué vista pero no interpretada—es justamente la situación más urgente del momento actual. Esto significaría que la contrarresistencia no sólo se refería a uno de los conflictos centrales del analizado, sino que también lo señalaba. La observación